¿A quién se le ocurrió la expresión “hacer las cosas al cuarto para las doce”? Digo, la metáfora es entendible. Las doce es el límite que separa un día de otro, aunque en la práctica, el día empiece a las 6, las 7 (o en mi caso, a las 9 o a las 10). A las doce se termina el conteo, la numeración. A las doce -que en realidad son las cero-, todo se reinicia, como si el tiempo fuera algo que pudiera fragmentarse. Como si le pudieras decir al día que hasta acá, que levante su lápiz y entregue el examen.

Son las 23:37.

El cuarto para las doce es para los que vivimos en romance con las fechas fatales, con las horas de entrega, pero también para los bribones que sabemos que no pasa nada si nos dan las doce, la una o las tres. El cuarto para las doce es para los malabaristas, los amos del escape, para los habitantes del ya merito esquina con ahorita queda.

Son las 23:39.

Todavía hay tiempo.

Siempre hay tiempo.

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