¿A quién se le ocurrió la expresión “hacer las cosas al cuarto para las doce”? Digo, la metáfora es entendible. Las doce es el límite que separa un día de otro, aunque en la práctica, el día empiece a las 6, las 7 (o en mi caso, a las 9 o a las 10). A las doce se termina el conteo, la numeración. A las doce -que en realidad son las cero-, todo se reinicia, como si el tiempo fuera algo que pudiera fragmentarse. Como si le pudieras decir al día que hasta acá, que levante su lápiz y entregue el examen.

Son las 23:37.

El cuarto para las doce es para los que vivimos en romance con las fechas fatales, con las horas de entrega, pero también para los bribones que sabemos que no pasa nada si nos dan las doce, la una o las tres. El cuarto para las doce es para los malabaristas, los amos del escape, para los habitantes del ya merito esquina con ahorita queda.

Son las 23:39.

Todavía hay tiempo.

Siempre hay tiempo.

Ya me gustó venir acá a contarles el chisme. Hoy salió el primer ejemplar de la Revista Esnob (mejor dicho, su número cero), una publicación digital llevada por tres de mis mejores amigos: Alejandra Vergara, Alejandra Centeno y Beto Espinosa. Échenle un vistazo. No sólo es porque está precioso el diseño editorial (cortesía de Ale Centeno), sino porque el contenido está muy bien cuidado, es interesante y engancha al lector (eso, obra de Ale Vergara). Como con el Editatón, vengo a contarles un poco de lo que está detrás de esta revista.

Ale V., Ale C., Beto y yo coincidimos en 2010 en los inicios de Sexenio. Yo fui el editor fundador, Ale V. fue mi editora adjunta, Ale C. era la directora creativa y Beto era redactor. Duramos unos cuantos meses ahí -los suficientes para que despegara- y todos nos movimos en direcciones diferentes, pero conectadas. Ale V. hizo su maestría y fundó La Cleta Cartonera; Beto anduvo de revoltoso en Amnistía Internacional y puso su librería, Ale C. siguió en otro proyecto conmigo y se casó. En fin, lo normal.

Un buen día, Ale y Beto me llamaron. Tenían ganas de iniciar una revista. Nos vimos en el Café Cascabel, una cafetería muy mona en Cholula. Hablamos y definimos algunas cosas que tenían que preparar antes de lanzarse el ruedo. Así estuvimos un par de semanas. Les dije que era crucial contar con un buen diseñador, así que sugerí a Ale C., quien andaba un poco en el paro en esos días. Aceptó y comenzamos a revisar la posible identidad. Pasamos por muchos nombres, hasta que dimos con Esnob. Bingo. Decidimos lanzar primero el sitio web y luego irnos por la revista. Por supuesto, también se necesitaban articulistas. En ese momento, sugerí a Dante Franco, a quien había conocido por Twitter algunos meses antes; y a Montse Pérez, a quien había leído unos días antes en su blog Pin-Up Losers. Los dos le entraron al quite.

Durante septiembre, octubre y noviembre, estuve apoyándolos activamente en poner las bases del sitio (y enseñándole a Ale a usar WordPress, ja). En esas juntas, salieron los primeros esbozos de la revista: que si la historia del tweed, que la noche de las bandas vivientes. Incluso, el tema central original eran los movimientos civiles (muy à la 132), pero al final se decantaron por el que hoy engalana su portada. Una decisión muy acertada, por cierto.

Después, con las ocupaciones, me retiré un poco, para tener de vez en cuando charlas con Beto y Ale para temas comerciales (algo que aún tenemos pendientes) y otras cosas así. Mi última aportación a Esnob (amén de unos textos medio intrascendentes que he dejado por ahí) fue sugerir a Alexandra Barba, a quien hallé gracias a otro proyecto editorial que llevaba. Total, que ya desde hace tres meses, mi participación ha sido meramente testimonial, pero desde la barra he sido testigo de todo el esfuerzo que le han puesto.

Hoy, con este revista, me llena de gusto haber estado picando piedra con ellos en sus inicios, y me siento muy orgulloso de verlos lanzar esta edición. Es un proyecto al que le tengo un cariño enorme (y más grande el cariño que le tengo a quienes lo encabezan) y le deseo el mayor de los éxitos. Espero pronto tener una Esnob en mis manos, en papel. Ése es el siguiente gran paso del que también quiero formar parte. Es una promesa.

Sé que sueno como comercial, pero este domingo es el Primer Editatón de la ciudad de Puebla. Personalmente, representa mucho más que un simple evento. Para mí, es la consolidación de varias cosas que he venido fraguando desde hace meses. Muchos meses.

Todo inició en septiembre del año pasado. Yo venía de naufragar en un proyecto al que le aposté (y le perdí) mucho. Por fortuna, aún mantenía mi trabajo como editor en Hipertextual, por lo que mantenía la mente ocupada y unos pesos en la bolsa. En ese momento, quería hacer algo nuevo por mí mismo, así que me alié con mi buen amigo Lalo Pacheco -quien andaba un poco en las mismas- para lanzar un proyecto juntos. Él ya tenía casi un año con su consultora, tratando de salir adelante, y yo venía de una amarga experiencia en el mundo de las start-ups.

Como sea, empezamos a tocar algunas puertas; unas con éxito, otras no tanto. Gracias a mi querida Paty Gameros, me enteré del proyecto del Hub Emprendedor: un sitio de co-working en Puebla que funcione como nodo entre diferentes actores. Fui a las oficinas y, gracias a los contactos que he hecho como blogger de tecnología en estos años, comenzamos a esbozar una forma de colaborar. Unas semanas después, en octubre, visité a Alan Lazalde -con quien trabajé y tengo una deuda moral enorme por sus enseñanzas- y le pregunté sobre qué podíamos armar. Entre todas las ideas, surgió un Editatón.

Yo había escrito recién en septiembre sobre el Editatón de Bellas Artes, por lo que me pareció una idea fantástica. Por supuesto, se trata de un evento sin fines de lucro (por tanto, sin ganancias), pero quería que mi nuevo proyecto tuviera significado y no sólo persiguiera ganar dinero. Así, aceptamos organizarlo pro bono. El 29 de octubre fue mi primer correo con Iván Martínez, presidente de Wikimedia México, y desde ahí empezamos a trabajar juntos en un esfuerzo que se materializa el domingo.

En el intermedio, nació Astrolabio, el proyecto que Lalo, Gibrán y yo arrancamos a finales de 2012. Tomamos las bases de Sophik -la antigua consultora de Lalo- y lo convertimos en un despacho de gestión de proyectos. Vamos armando nuestros pininos. También fuimos testigos del nacimiento del Hub Emprendedor, y nos da gusto formar parte de su incipiente historia. En lo personal, yo fui y vine de un trabajo como editor de libros, y ahora me dedico de tiempo completo a despegar nuestra pequeña empresa (no sin sus turbulencias, pero ahí vamos).

Armar el Editatón no fue sencillo, pero con el trabajo colectivo ha sido posible. Casi cinco meses después del bosquejo, ya es una realidad. Espero que vaya mucha gente. Espero que Wikimedia se encariñe con Puebla y nos deje armarles más y más talleres y conferencias aquí. Espero que el Hub siga creciendo y podamos meter más eventos. Espero que otros se interesen en lo que hacemos. Espero que la gente buena del mundo -Lalo, Gibrán, Paty, Alan, Iván y muchos más- siga extendiéndome su mano. Yo estoy emocionado. Emocionado de contribuir, de editar, de ver el trabajo plasmado; de una labor que significa, incide y ayuda a otros. Y emocionado, más que nada, de lo que viene.

Espero verlos el domingo.

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Ana Cecilia salió del clóset un Domingo de Ramos. Claro, Yo ya sabía desde antes. Me enteré unos meses atrás, cuando me escabullí a su cuarto a robarle un poco de desodorante. Encontré una libreta en el cajón de su buró; una donde confesaba, de tanto en tanto, lo que sentía por Sofía, nuestra vecina dos departamentos hacia abajo, uno a la izquierda. Sofía, hay que decirlo, es bastante guapa. Pelirroja, espigada, alegre, de unos 18 años. Ese día no sólo descubrí que mi hermana mayor estaba enamorada de mi vecina, sino que desde semanas atrás salía con ella a espaldas de todos. Nosotros ni nos las olíamos, caramba.

Tras el hallazgo, la curiosidad me abrasaba, así que me escabullí varias tardes a su habitación para hojear sus secretos. La verdad es que nunca hallé nada escabroso ni escandaloso. Había partes que, la verdad, hasta aburrían un poco. Todo tan romántico e idealista. Ana Cecilia escribía esporádicamente -cada dos o tres semanas- algunas de sus anécdotas. No había mucho material de consulta, sólo algunas confesiones menores de escapadas con Sofía, cosas simples, como ese primer beso que se dieron a escondidas en los pasillos de un supermercado, en el área de pinturas donde nadie (o casi nadie) se detiene a comprar. Mucho de manos sudadas, corazones acelerados, risas nerviosas.

Un día, Ana Cecilia se enteró que leía su diario. Se dio cuenta porque en una de mis tardes de ocio hallé cerrada su habitación. Voltee y ahí, en el pasillo, me cachó con la mano en el picaporte, como venado lampareado por los faros de un coche. Zas. El enojo le duró semanas. La neta, yo evitaba cruzar su mirada en todo momento. Sus ojos estaban inyectados de un rencor difícil de describir, de una furia contenida. Yo sólo me agachaba a mirar mi plato o me clavaba en la tele de la sala o cualquier cosa. Culpable. Claro que ningún adulto de la casa se percató de nuestra pugna silenciosa. Sólo nosotros dos sabíamos de la Guerra Fría que había desatado mi fisgoneo, de la abismal distancia de esos días de rabia y remordimiento.

Entonces Sofía se consiguió un novio. Doña Guille, la de la tienda, fue quien contó el chisme en el edificio. Que andaba con Joaquín, el de la planta baja, un moreno medio trabado pero con entradas prematuras en la cabeza, como de veintialgo. Ana Cecilia se encerró en su cuarto y no salió durante cuatro días. Argumentó unos cólicos incontenibles, mareos y náuseas (algo que, la verdad, le pasaba seguido cuando le bajaba). Se negó a bañarse, a comer, a cruzar palabra. Sólo se alimentaba con las tazas de un té rojo y las rebanadas de pan tostado que mi madre le dejaba sobre el buró.

El viernes -el quinto día desde la noticia-, Sofía fue a visitarla. Llegó muy mona, con una sudadera blanca y el pelo recogido. Bien educada, saludó a mis papás y habló un rato con ellos, que cómo andaba Ceci, que cómo estábamos nosotros, que si yo ya sabía que iba a estudiar después de la prepa. Nos mostró dos películas que traía y pidió chance para entrar al cuarto de mi hermana, que para hacerle compañía. Se encerraron como cuatro horas. Ya como a las 9, Sofía salió, se despidió de nosotros y se regresó a su departamento. Hasta el día siguiente, Ana Cecilia salió de su habitación y se sentó a desayunar con nosotros. Me miró y, después de no sé cuanto tiempo, me dirigió la palabra para pedirme que le pasara tantita salsa verde para sus quesadillas.

Ese domingo fuimos a misa. Habíamos ido, como era costumbre en mi familia, a escuchar al sacerdote regañarnos por no ir más que en las fechas de rigor. Después de la comunión y antes de la bendición, el padre se tomó unos momentos para hacer un anuncio. Lo recuerdo como en cámara lenta. Sofía parándose, agarrada de la mano del Joaquín. El cura dándoles la bendición y deseándoles lo mejor. Se dieron un beso largo, mientras la cúpula se llenaba de aplausos y murmullos.

Volté a mirar a mi hermana. Ana Cecilia estaba impávida, inmóvil. Apretaba los puños, los dientes, los párpados. Su labio inferior temblaba ligeramente. De su boca salían palabras ininteligibles (¿insultos?), mientras los feligreses improvisaban una porra para los comprometidos. Ana Cecilia hinchó el pecho con una respiración profunda, y tras una pausa eterna, soltó un suspiro desgarrador en el que se le escapó el alma. Se desplomó como muñeca inerte sobre el piso laminado, haciendo un ruido seco que retumbó en el templo.

La gente volteó de inmediato a mirar la escena. Sofía corrió hacia nosotros. Yo la levanté en mis brazos, mientras mi padre, mi madre y el resto de la congregación trataba de entender qué había pasado. El padre, desde su púlpito, pedía calma. Senté a mi hermana en la banca y la agité de los hombros. No pasó nada, sólo emitió un murmullo casi imperceptible. Sofía llegó frente a ella y puso suavemente su mano sobre su mejilla. Ana Cecilia reaccionó un poco. Sofía puso su frente contra la suya y mencionó otras palabras ininteligibles (¿una disculpa, una justificación?). Ana Cecilia abrió los ojos súbitamente y miró fijamente a Sofía. No dijo nada. Nomás hizo una sonrisa forzada, una mueca, y se puso de pie saludando a la grey.

Los días siguientes hubo chisme en el edificio sobre la boda. Todos preguntándose los cómos, los cuándos y los porqués. Del desmayo se decía que mi hermana estaba perdidamente enamorada del Joaquín desde hace años y la impresión de verlo con su mejor amiga la noqueó. Ya no me molesté en desmentir ese rumor, por lo que los colonos dedicaron sus tardes a discutir sobre los catetos del triángulo amoroso.

Sofía se mudó a la semana siguiente. Antes, pasó a despedirse a nuestro departamento. Tocó a la puerta y yo me paré a abrir. Me asomé a la mirilla y la vi, esperando junto a la baranda. Cuando mi manó tocó la maneja, sentí una mirada encima de mi. Ana Cecilia me veía desde el sillón. Me quedé parado, escuchando el timbre resonar tres, cuatro, cinco veces, hasta que el dedo insistente se marchó.

Al otro día, el camión de la basura se llevó una caja de cartón que contenía una libreta hecha jirones, una invitación de boda sin abrir, una copia de Jamás Besada y unos calzones de Mafalda.

Antes solía hacer conteos de los mejores momentos de mi año. Eran entradas agradables de escribir. Hoy tenía muchas ganas de hacer una, pero me ha ganado el cansancio. No es que no pueda recordar a bote pronto algunos. Mejor dicho, me cuesta seleccionar diez, veinte, treinta en particular. La verdad es que lo mejor del año es haberlo pasado con mi novia.

(Sí, ya sé, qué cursi, pero es mi blog y si no les gusta, qué)

Al hacer mi balance, recuerdo cosas como cuando caminamos al mercado de Cholula para comprar cecina o cuando sacamos a Mollete de una escuela cerrada. Me vienen a la mente las visitas al Home Depot para buscar pintura o una salida al Cinépolis VIP para ver el estreno de Brave. Mirar en la sala los programas de Fox Life o comprar un conejo por impulso, nomás porque lo vimos dentro de una pecera que le quedaba muy pequeña. Jugar Pokemón en una Nintendo 64 un viernes por la tarde o irnos de viaje a la boda de su mejor amiga. Salir al zoológico de Chapultepec. Buscar un vestido de un color imposible para una fiesta. Comprar una computadora. Pintar un Godzilla en el vidrio de una oficina. Adoptar dos ratas y, dos semanas después, darse cuenta que ya eran ocho o diez. Cuidar un xolo prestado. Hablar en Skype. Pensar en un nuevo evento para el grupo de DeviantArt. Encargar un arreglo de globos desde la carretera en 14 de febrero para que le llegara a su puerta. Comprar ponis, muchos ponis. Instalar una puerta. Comprar un PS3. Caminar varios kilómetros en el Periférico para recoger una placa perdida. Ir por ella a la central de autobuses en domingo. Coleccionar las figuras que dan en la Cajita Feliz (¡con melón de postre!). Comer nieve de elote.

Trato de pensar en los momentos difíciles, y aunque sé que existieron, no los recuerdo con nitidez. Por eso, hacer un conteo de lo mejor me parece ocioso. Lo más increíble del año es haberlo pasado con la persona que amo. Espero poder repetir eso cada 31 de diciembre por el resto de mi vida.

No hay muestra más grande de amistad que invitar a alguien a un concurso en el que vas a participar (eso, e intercambiarle un boleto de lotería, pero ése es otro tema). El jueves, una amiga me invitó a mandar un cuento al Beatriz Espejo, un concurso de narrativa como tantos que se hacen en México y de lo que pocos, poquísimos nos enteramos. “¿Me mandas la información a mi también?”, dijo un cuate que estaba junto y, aunque mi amiga asintió, no dejó de ser un poquito incómodo.

La comprendo. Ahora sí que como dicen en mi pueblo, entre menos burros más olotes. No me malentiendan, la competencia es sana y blablablá, pero es un hecho irrefutable que entre menos contendientes, más posibilidades. Por eso me parece un signo inequívoco de amistad de la buena: porque es ceder un poquito de tus chances a que otro (por talento o suerte) te pueda quitar el premio. Híjole: ha de estar duro el madrazo de que invitaste a alguien y resulta que él fue primero y tú segundo. Claro que, si son buenos amigos, pues que el compadre se invite la pachanga con el premio y todo saldado.

Hace una semana, otro amigo me contó de un enemigo mortal del que no tenía conocimiento. “¿Te acuerdas de P.? No te puede ver ni en pintura”, me dijo. Yo, la verdad, no conviví mucho con él, así que le pregunté por qué tanta saña. “¿Te acuerdas cuando ganaste el premio de cuento?”, me preguntó mi cuate. Pues sí, fue hace como una década, cuando iba en la preparatoria y me gané un Juan Rulfo porque se alinearon los astros. Esa vez, mi enemigo mortal (que era entonces mi amigo pero no tan amigo) me acompañó a la premiación. Vio la faramalla y lo insté a que mandara su cuento al año entrante. Puf, pues no quedó. Ni una mención. Nada. Me cuentan que desde ese incidente me tiene rencor.

Yo por eso declino las invitaciones. Con todo y que me dan ganas de participar. Los concursos de cuentos son trampas mortales, sépanlo. Si encuentran una convocatoria, guárdenla celosamente, para ustedes. Si la van a compartir, que sea con alguien merecedor de su entero cariño -y si pueden, fírmense un contrato de que el que gane va a invitar las chelas-. En serio, esas cosas ponen a prueba la amistad. No vaya a ser que el allegado les salga rencoroso. Ahora sí que, como dirían los antediluvianos, nomás cuéntaselo a quien más confianza le tengas y ojo, mucho ojo.

Siempre me he preguntado por qué los señores de mediana edad (¿hay una edad chica? ¿Una grande? Je ne sais pas) pasean a sus perros los sábados por la mañana. No sé, tengo muy fija esa imagen: el señor con pants completo (ignoro, igual, porque se uniforman así), con el perro al lado -casi siempre, uno de tamaño mediano/grande- y, no sé, con el periódico bajo el brazo. Me los imagino saludando a todos los de la colonia, pasando por el parque donde juegan los chavos su reta sabatina (coordinados, también, por el señor del fraccionamiento que se aferra a transmitir sus conocimientos balompédicos a las nuevas generaciones), diciéndole ¡hola! a la señora de la tienda que, amablemente, le surte de huevos, pan, jugo, leche y cualquier otro menester del desayuno.

Lo veo andar, tentado por el carrito de los tamales, con una señora que pregona con la fuerza pulmonar de diez torbellinos y once huracanes (dicen que en el espacio no puede escuchar nada, pero el grito sabatino de ¡TAAAAAMAAAALEEES! desafía la regla). Por ahí, camina, la misma rutina de cada sábado, distraído de la oficina, del trabajo, de la casa, de la deuda, de la calvicie, de la panza chelera; quizá pensando en el partido de fútbol, en la noche de dominó, en lo que sea que piensa un hombre de cincuentaypocos cuando no piensa.

Yo, confieso, no soy bueno paseando a mi perro. Será que Sunny es un can con muchos traumas. Es verdad: provino de la calle, rescatada de una jauría de perros con harto celo en las venas. Tiene broncas mentales. Nomás no sabe no estar ansiosa, alerta, confundida del mundo. Mi novia (su dueña real) se exaspera con ella. No le tiene paciencia. En cambio, yo la dejo ser. ¿Quién es uno para andarle imponiendo cosas al perro, por más que me digan que es más feliz con disciplina que con regalos? Quizá por eso nos llevamos tan bien. Porque yo tampoco sé no estar ansioso, alerta y confundido con el mundo.

No lo paseamos porque es un perro flojo, de esos que caminan cinco calles y ya se cansó o le dio hueva o se distrajo o ambas. También le canta pedo a cualquier perro con el que se cruza. Nomás no sabe convivir. Lo de ella es estar en la casa; y si ha de pasear, es de quitarle la correa, dejarla correr y que se vaya a donde quiera. Mi novia dice que huye, pero yo le digo que siempre regresa. En efecto, cuando se cansa, busca la casa y colorín colorado. Les digo, nos parecemos bastante.

Hoy he salido a pasearla en la mañana. Muy improvisado el asunto: yo de playera, pesqueros y chanclas. Nomás le dimos una vuelta al parque. En el camino, no pensaba en nada, nomás revisando que el perro no se le fuera encima a los otros canes que, amistosos, se acercaban a olfatearle la cola. Quizá sí ocupe unas clases de buenos modales, pensándolo bien. Pero, la verdad, por mí está bien: si por mí fuera, la dejaría correr por el parque más que llevarla de lado con una correa. O a lo mejor es sólo que no tengo demasiada prisa por convertirme en el cincuentón de pants, periódico y caminata sabatina.

Tengo un problema comprendiendo el término “urgente”. Hace unos años, tuve un jefe para el que todo urgía. “Urge subir la nota, urge mandar el archivo, urge terminar tal o cual cosa”. Todo era para ayer. Todo para ese momento. Todo pensado en la inmediatez.

Realmente, ¿qué urge? ¿Pasa algo si un trabajo se toma un día más, pero con eso quedará mejor? Entiendo que ha contextos en los que lo inmediato prepondera. No sé, no te puedes dar el lujo de sacar cierta nota con retraso. Bueno, eso incluso es debatible, porque muchas veces es mejor armar algo con más investigación y contexto que un texto de cuatro líneas que nomás diga qué pasó ahorita, en este instante, right now. Creo que el único momento aceptable de la urgencia es el médico, donde si te tardas, pues, alguien se muere.

Una vez leí en el Selecciones -lo compraba mi tía (y aún lo hace) y lo leía mucho cuando pequeño- que Dios inventó el tiempo y el hombre las prisas. Aunque la primera parte de la oración es científicamente cuestionable, la segunda es muy cierta. Vivimos al minuto. En realidad admiro a la gente que puede someterse a una planeación y entender qué es importante en cada momento. Vamos que todos deberíamos ser tantito más como Fiona Apple, que canceló su concierto por quedarse a acompañar a su perro en su lecho de muerte. ¿Cuántos podríamos hacer eso, sin la carga culpable de que el teléfono se la pasa sonando, los correos siguen llegando y todo es para ayer, para antier, para la semana pasada?

Sigh. Debo cortar. Se me hace tarde para ir a una junta de trabajo.

Hace un mes que empecé a trabajar en una editorial. Me gusta el trabajo. No puedo hablar mucho de los textos que arreglo, pero sí puedo contar que se tratan de libros de investigación. Cuando me contrataron, querían que hiciera corrección de estilo, pero terminé haciendo labor de edición. No me quejo, aunque como en todo, hay que adaptarse poco a poco al equipo e irse poniendo de acuerdo en la forma de chambear.

Esta semana estoy haciendo una edición final. Trabajo pesado. Para quienes no sepan mucho sobre editar (y no digo que yo sea una eminencia, pero algo le sé), un libro pasa como por cinco revisiones, mínimo. Lo normal: observaciones al autor, revisión metodológica, estilo general, citados y referencias, y al final, homologar estilo; además, normalmente hay que revisar todo en papel (en computadora suele escaparse algunos detalles), y cuando ya está montado sobre diseño, hace falta echarle lupa una vez más antes de mandarlo a imprimir.

En este caso, lo estoy haciendo todo en tres por cuestiones de tiempo. Literal, me siento desde las 9 de la mañana y no me despego hasta la 1 ó 2 de la madrugada (ya no trasnocho porque, pues, editar requiere un nivel mínimo de concentración). Llevo así desde el sábado -el domingo me enfermé, lo cual sólo empeoró el asunto- y con algo de fortuna, terminaré mañana. No es que me pese el trabajo, pero es harto laborioso. Los que hayan armado una base de datos en Excel me entenderán.

Pues, nada, que me acordé que tenía un blog donde podía escribir de estas cosas. Saludos, gente:)

Si hay un vicio del periodismo deportivo que detesto, es el abuso del verbo colar, especialmente en estos días de Juegos Olímpicos. Es un fenómeno muy repetido cuando se habla de atletas mexicanos: cronistas, relatores y reporteros no tienen empacho en afirmar que algún deportista puede “colarse entre los finalistas”, para después, “colarse en el medallero”. Es como si el deporte mexicano nomás pudiera avanzar con base en coladas.

El abuso del verbo colar muestra, más que un vicio periodístico, una cosmovisión. Para la Real Academia Española, colar tiene como significados “pasar en virtud de engaño o artificio” e “introducirse a escondidas o sin permiso en alguna parte.” Colar, como podemos ver, tiene una connotación inherente: que la llegada debe hacerse con cierto truco; o como se infiere en muchas notas deportivas, de una forma inesperada y sorpresiva. En México, “el colado” es una figura popular de quien accede a una fiesta o reunión sin previa invitación, valiéndose casi siempre de algún recurso dudoso para estar ahí. ¿Es que así vemos al deporte nacional?

No he leído que se diga que el equipo de baloncesto de Estados Unidos “se cuele en las finales” o que los chinos “se cuelen al medallero”. Ellos llegan; México se cuela. Decir que somos los colados es reconocer que somos los que aparecen de imprevisto, sin invitación; pero también, que somos los que llegamos por razones no necesariamente vinculadas al talento y esfuerzo (quizá la suerte, el azar o la maña, quién sabe). También es poner la vara muy baja: ¿se vale decir que México se cuela en la final en deportes donde se ha demostrado constancia, como los clavados, la marcha, el boxeo o el taekwondo?

Si me permiten sugerir, colarse no debe usarse como sinónimo de acceder a. Este “coladismo” demuestra que, culturalmente, estamos habituados o al menosprecio de nuestras capacidades o a la costumbre de la intrusión. Podrá decirse que colarse tiene una connotación de hazaña -y la tiene a menudo-, pero para que tal éxito ocurra, se debe partir de una premisa de inferioridad (por ejemplo, valdría decir que Trinidad y Tobago se coló al Mundial de 2006, porque pasó en el repechaje y en cuarto lugar de su zona). Así que, la próxima vez que se escriba de un logro del deporte mexicano, vale la pena examinar si el acceso es fruto de la casualidad o la fortuna, o sólo es que se nos coló el derrotismo en el inconsciente.

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