Este es otro ejercicio de cuento que se me ocurrió en la noche. Pues nada, eso.

Mi madre solía decir que los grillos son de buena suerte. Que no hay que matarlos. Cuando vivíamos en el pueblo, de las matas del jardín emergían sus canciones, ruidos como campanitas que cesaban al amanecer. El gato, quien no creía en las palabras de mi madre, era quien se encargaba de devorarlos. Se metía entre el pasto alto y se zampaba uno, dos, tres, los que le hicieran falta para saciar su hambre o su aburrimiento. Mi madre regañaba al gato cuando veían a uno de los bichitos preso entre sus garras o condenado a muerte en sus fauces. Pero el gato nunca le hizo caso a mi mamá y seguía con su manía de comer grillos, pudiendo dedicar sus dotes de cazador a eliminar alimañas más molestas, como los zancudos que brotaban de los charcos o las moscas gordas que aparecían cuando el calor aumentaba.

De vez en cuando, un grillo se colaba a mi habitación. Extraviado, terminaba en mis ropas. Sentía escalofríos cuando sus patas rozaban contra mi piel; especialmente, los inquietos que brincaban a mi vientre. A mi hermana mayor nunca le gustaron. Ella, igual que el gato, los cazaba con una saña innata: usaba siempre la chancla derecha para matarlos. Alguna vez, en su desesperación, la vi arrojándole a uno la cazuela de peltre. Falló el tiro y el grillo se escondió tras la estufa, inalcanzable para la furia de mi hermana y burlón con una canción que no cesó durante todo el día.

Un día, llegó un hombre a cortar las matas. Sacó la pala y la cizalla y comenzó a podar. El nuevo alcalde había ordenado pavimentar todas las calles, así que el camino detrás de la casa se vació de los altos pastos, los charcos fangosos y los conciertos nocturnos. Los grillos se fueron, aunque algunos cuantos quedaron por ahí, tratándose de refugiar en la casa donde, fuera el gato o mi hermana, terminaban por encontrar la muerte. Yo recogía algunos en los frascos viejos de mayonesa: los cuidaba, y al día siguiente, los liberaba en el jardín de la escuela, hasta que la directora me regañó y mandó a traer a unos señores que fumigaron todos los salones. Me castigaron una semana y perdí la esperanza en ayudar a los grillos en su exilio.

Los que no se fueron nunca fueron los mosquitos ni las moscas gordas. Cambiaron los charcos por los baches, que en tiempos de lluvias eran muchos y muy profundos. El agua se encharcaba, y como en los viejos tiempos, emanaban con los calores. Con el tiempo, mamá empezó a enfermar de insomnio. Dormía muy poco, y cuando conseguía conciliar el sueño, la despertaba el motor ruidoso de algún conductor trasnochado. Mamá, quien siempre había vivido en la casa, miraba con nostalgia hacia la calle, recordando los pastos altos donde -alguna vez nos confesó- se tomó por primera vez de la mano con papá en una noche repleta de tintineos.

Los años pasaron y mi hermana se fue de casa. Yo crecí hasta volverme una joven delgaducha, de piernas largas y flacas. Mamá enfermó porque nunca aprendió a conciliar el sueño sin sus queridos grillos. Cuando de casualidad aparecía uno, lo guardaba celosamente, lo metía a su cuarto y, con su compañía, podía gozar de unas cuantas noches sin desvelos. A veces, en la duermevela, susurraba el nombre de papá. Yo también lo extraño, aunque lo conocí poco; nomás me acuerdo de unos brazos fuertes, un bigote poblado y una voz dulce. Entonces llegó ese invierno. Pasaron semanas y no encontré ni un grillo más. Mamá se fue marchitando. Una noche, con los ojos vidriosos, me imploró dormir. La recosté. Pasé mis manos por su rostro y le canté, suavecito, las pocas canciones que me sé. Se hizo ovillo y se durmió en mi regazo.

Ya no vivo en el pueblo. Tengo una casa a las orillas de la ciudad, con un jardín extenso. La compré cuando los escuché cantarnos la bienvenida. Por las noches, antes de irme a dormir, apago todas las luces de la casa, todas las máquinas ruidosas y dejo que el sonido que emerge de los pastos me arrulle. Otras veces, me quedo despierta para escuchar el concierto completo hasta que despunte el alba; y algunas, muy de vez en cuando, siento esos escalofríos cuando algún distraído se cuela en mi cama. Mis hijos no heredaron ese gusto por los bichos. A veces me horrorizo cuando los veo, entre cruentos e inocentes, arrancarle las patitas a alguno. ¡No los maten!, les grito. Me miran extrañados, confundidos por mi alteración, pero obedecen. No los maten -les repito- que son de buena suerte. Esa noche nos desvelamos juntos, recostados en mi cama, oyendo el tintineo incesante. Los abrazo contra mi cuerpo y les canto, en susurros, hasta que el sueño nos envuelve.

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