Declinaciones

Que Josefina va a declinar por Andrés Manuel, rumoran por ahí, que porque en su búnker ya vieron que no da una y no quiere el regreso del PRIato. Que Quadri, títere de Elba Esther, declinará por Peña Nieto cuando llegue el momento, para darle un empujoncito en las elecciones. Que no, que como la gente se alzó contra Enrique, dará un copete al costado para que Manlio Fabio Beltrones cierre la contienda. Que entonces la final finalísima será entre el PAN-PRD-PT-MC y el PRI-PANAL-PVEM, a tres de cuatro caídas, sin limite de tiempo, con lucha en lodo y en bikini. Que ya, en el poder, AMLO tendrá un ataque de sentido común y declinará por Marcelo para construir un México grandote y fuertototote y que sí come sus verduras.

Yo ya no les creo nada porque son los mismos que me juran y me perjuran que Diego Forlán viene al América.


Tenemos un Hulk

“I have an army”, amenaza Loki. “We have a Hulk”, revira Tony Stark. Hace unos meses, alguien tuvo a bien publicar un fragmento de la tesis de Josefina Vázquez Mota, en donde describía a la UNAM como “un monstruo”. La descripción, en cierto modo, es acertada. La universidad (no sólo la UNAM, sino cualquier otra) conglomera una masa crítica capaz de estallar si se le provoca, como ya lo ha hecho en el pasado -la máxima casa de estudios, por ejemplo, en el emblemático 1968 y en la huelga de 2000-.

Digamos que, a partir del incidente de Vázquez Mota, los universitarios se engancharon en la discusión electoral. Los candidatos lo entendieron, por lo que trataron a los campus con pinzas, cancelando muchas de sus visitas programadas por razones de fuerza mayor (como cuando la panista declinó ir a la UDLAP para pasar lista con el Episcopado). El primer destello vino con la sorpresiva buena recepción a Andrés Manuel López Obrador en el ITESM. Quizá, a partir de ahí, los candidatos se envalentonaron para entrar a las universidades. Admitámoslo: si nos regimos por el cliché, la premisa era simple: evitar las incendiarias universidades públicas para concentrarse en las privadas.

Así, la visita de Peña Nieto sonaba a un trámite. Lo que el priísta no calculó es que, pese al estereotipo, ahí la gente piensa, la gente lee, la gente se informa. La gente critica (y con mucho fundamento). La universidad es un monstruo peligroso porque ejerce un poder que muchos políticos desconocen: el del conocimiento. Quiso el PRI controlar todo con la fuerza bruta: con periódicos comprados, con bots repetitivos, con amenazas públicas y privadas, con reprimendas. Como antes. Como hará siempre.

Decía Bruce Banner en “The Avengers” que el secreto de la serenidad es mantenerse enojado. Tiene todo el sentido del mundo. El universitario vive informado, consciente de la injusticia. Lee noticas, analiza al mundo. Por ende, vive encabronado. Imposible no hacerlo. Pero, como Banner cuando es médico en la India, canaliza su ira en otras cosas: es de los universitarios de donde más sale el argumento de “mejorar a México trabajando, día a día, con esfuerzo y constancia, poniendo el granito de arena”.

Pero se metieron con el monstruo. Fueron a su casa y le gritaron a la cara. Lo provocaron. Y el universitario, sereno de enfado, se liberó; no como un mindless brute, sino ejerciendo el poder que mejor sabe usar: su mente. Tomó las calles, se plantó frente a Televisa y, con guante blanco, lo abofeteó. Sin incidentes, sin violencia; con criterio, razón y fuerza. Sí, el PRI tiene un ejército para ganar estas elecciones, para callar a los disidentes y confundir a los incautos. Bueno, hoy le hemos dejado algo en claro: tenemos un Hulk.


Edecanitis

Han pasado dos días desde el debate presidencial. Todavía ayer, la lucidez de Gabriel Quadri era noticia en un ejercicio que pasó por el golpeteo. Todavía ayer, el candidato de Nueva Alianza había logrado que la discusión se mantuviera en el terreno político. Para hoy, la única superviviente del suceso es Julia Orayén, la modelo argentina que el IFE (o a quien le delegase la producción dicho organismo) tuvo el tino de elegir. Bastaron unos minutos y un vestido entallado para quedarse en la memoria del colectivo.

México padece edecanitis.

Mencione usted un espectáculo deportivo donde no se aproveche a estas mujeres, encargadas de vender fantasías inalcanzables al público, para desfilar al medio tiempo del partido. Mencione usted una rueda de prensa en la que las empresas no utilicen este recurso para posicionar su marca, aunque la visibilidad del logotipo compita con la anatomía de quien lo presenta. Mencione una convención, un congreso, una conferencia en la que sus esculturales figuras no aparezcan para entregar panfletos, folletos y otros desechables.

Están en todas partes. Están al lado del político el día de su inicio de campaña, cuando inauguran
una obra o cuando acuden a un mitin; están en los stands comerciales de una feria, da igual si son universidades, servicios de televisión por cable o dulcerías. Las hay para todos: morenas, rubias, pelirrojas; jóvenes, muy jóvenes y no tan jóvenes; voluptuosas, cándidas, sensuales o acartonadas. Hoy están en primera plana, gracias a Julia Orayén, al IFE, al escote generoso y a la mirada pícara de Quadri.

Quizá lo correcto sería diagnosticar que México padece edecanitis crónica.


Robocop Open German (sic)

Esta mañana, en mi tradicional lectura de noticias, me encontré con una nota de Excélsior sobre el tercer lugar que obtuvo México en la “Robocop Open German”. “¿Robocop?”, me pregunté. Si bien no estoy tan familiarizado con el tema de la robótica, sí se que dicha competencia se llama RoboCup (en parte, porque un colega participó en la edición del año pasado, en Estambul). Así, hice lo más básico en investigación periodística: entrar a Google. En efecto, el buscador me refirió a la RoboCup German Open 2012, nombre correcto del evento.

Bien, en Twitter hice notar el error que había cometido Excélsior. Pablo Escobedo, amigo y periodista, me señaló que el error venía desde el boletín de Notimex. Como un ejercicio, me di a la tarea de ver cuántos medios reproducían la nota sin percatarse del error. No fueron pocos:

Excélsior: Golem, un robot mexicano obtiene tercer lugar en Alemania
Milenio: Triunfa en Alemania Golem, el robot mexicano
Publimetro: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
Diario de Yucatán: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
SinEmbargo.mx: Robot mexicano logra tercer lugar en competición Alemana
La Información: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
Provincia, de Michoacán: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
El Informador: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
La Crónica de Hoy: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
Ahuizote: Obtiene robot de la UNAM premio en Alemania
Globedia: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
Periódico Factor: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
Noticias PV (Puerto Vallarta): Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania
Zona Franca: Logra robot mexicano Golem tercer lugar en competición en Alemania

Seguro se me escapan algunos más, pero es importante ver cómo diarios importantes como Excélsior o Milenio copian y pegan los boletines sin el mínimo interés por contrastar la información. Parece que se considera que la agencia de información es infalible. Curiosamente, por más que he buscado referencias al nombre real (RoboCup German Open), no hallo ninguna noticia de un diario mexicano al respecto.

No son ánimos de molestar. Este pequeño incidente evidencia, más que la fe ciega en las agencias, la nula preparación de redactores especializados. En México, los diarios suelen tener las secciones de ciencia y tecnología como relleno, destinando normalmente a los novatos o becarios a llenar esos espacios. Cualquier persona ligeramente empapada en el tema habría notado algo raro. Para mí, este desliz muestra conformismo, falta de curiosidad y un total desdén. Ya me imagino lo que sentirán los ganadores de ese tercer lugar al ver la pobre precisión.

Decía el sociólogo Bruno Latour que la realidad se construye. En ese sentido, los medios participan activamente en esa tarea. El error de la “Robocop” muestra, a escala diminuta, cómo funciona la propagación. La agencia suelta la información, los diarios reproducen. Si este acto es irreflexivo, entonces el poder está sobre un solo mando. Sin contraste de los datos, una idea es capaz de llegar sin obstáculos; ¿y si la agencia, en lugar de cometer una equivocación, tuviera un sesgo escrito con alevosía, una omisión a propósito?

En el fondo, espero hallar un diario (aunque sea uno solo) que no copie y pegue el boletín. Uno en el que un redactor -por preparación, curiosidad o suerte- encuentre el traspié. Encontrarme con que a los periódicos sí les importa la precisión y corrijan lo publicado. Hallarme con un pedazo de utopía, pues, donde el proceso informativo no sea lineal sino multidireccional.


S. (o del trabajo doméstico)

S. es una trabajadora doméstica. Llegó un día a una casa, recomendada por un conocido, para atender las labores hogareñas. Su trabajo consiste en preparar el desayuno (esporádicamente, la comida), limpiar las habitaciones y darle de comer a las mascotas. Gana mil pesos a la semana por cinco días de trabajo. Llega a las 8 y se va a las 2 -a veces, un poco más tarde-, por lo que gana doscientos pesos por seis horas de trabajo.

En la práctica, no le va tan bien. Sus jefes viajan constantemente, por lo que olvidan, de tanto en tanto, dejarle el dinero al final de la semana. A pesar de la irregularidad, ella cumple. Cada semana acude a la casa, aunque tenga pagos pendientes. Cada día, a pesar de que, para cuando reciba su dinero, ya sólo sirva para parchar las deudas adquiridas. Para empeorar la situación, S. es distraída. Mueve los objetos de lugar u olvida dónde puso un recibo. Por tanto, S. recibe regaños constantes -a veces, un tanto desmedidos-. Sus errores “justifican” los retrasos en el pago; los retrasos la tienen con la cabeza en otro lado. Así se hace el círculo vicioso.

La situación de S. es de lo más común en México. De acuerdo con las cifras, poco más de dos millones de personas se dedican al trabajo doméstico como profesión. De ese número, 90% son mujeres (cerca de 1.8 millones). Según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), 95% de las trabajadoras domésticas carecen de acceso a servicios de salud, 80% no tiene prestaciones laborales, 60% no recibe vacaciones y 46% no percibe aguinaldo. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia.

Así mismo, la ley no protege a las empleadas domésticas con las mismas reglas que a otros trabajadores. Conforme a la letra, el patrón no tiene responsabilidad alguna de inscribirlas en el IMSS o en la Afore. Por su “relación sui generis con el empleador y su familia”, tampoco tiene derecho a cobrar horas extra. Es más, ni siquiera se garantiza que trabaje el máximo de 8 horas diarias y 6 días a la semana. De hecho, la ley sólo estipula descansos obligados para comer y dormir. Ya no digamos otros derechos, como el de gozar de una jubilación.

Ayer, en el marco del Día Internacional de los Trabajadores del Hogar, se celebraron diversos encuentros para analizar la situación. Por ejemplo, el Conapred urgió que se aplique el Convenio 189 de la Organización Mundial del Trabajo. Entre las medidas a implementar estarían el uso de contratos escritos para trabajadoras del hogar, la delimitación de sus funciones, la definición de las horas a trabajar, la periodicidad de los pagos, entre otras condiciones. Básicamente, la profesionalización de la labor.

En la práctica, se requiere un cambio mayúsculo. La mayoría de las empleadas domésticas son contratadas por necesidad, la madre de la explotación. El problema se extiende a muchas ramificaciones, como la explotación infantil (o díganme, ¿cuántos no hemos visto que el niño ayuda a su mamá “para que termine más temprano” o la hija de 15 años que trabaja “para ir aprendiendo”?). Por supuesto, no sólo se trata del empleador: también el trabajador debe comprender las reglas. Marce Bautista (@untrabajodigno) enumera recomendaciones como evitar llevar personas desconocidas al hogar o avisar con al menos una semana de anticipación sobre el término de la relación laboral.

Por desgracia, son demasiados los componentes culturales que obstaculizan el avance. En un país marcado por el clasismo, el trabajo del hogar es vinculado con la servidumbre -y en muchos casos, casi a un paso de la esclavitud moderna-. El rezago educativo provoca que sólo 30% de las empleadas domésticas tengan estudios de primaria, situación que las hace susceptibles al abuso. Los usos y costumbres que justifican el machismo también aportan a la sumisión de las trabajadoras. Se trata de un mal con muchas causas pero una solución evidente: el respeto de la dignidad humana.


Giro

Au lecteur,

Hace unas semanas, tuve oportunidad de cenar con Antonio Martínez (@antoniomarvel). Cuando conversábamos, le comenté lo mucho que extrañaba escribir en Vivir México, sobre todo acerca de algunos temas que me interesan personalmente, como derechos humanos, educación, diversidad sexual y esas ondas. “¿Y por qué no sigues escribiendo, por aparte?”, me dijo y no me acuerdo qué pretexto puse. La verdad es que, aunque me gusta mucho hablar de tecnología en Yahoo!, no puedo negar que me encanta debatir sobre la agenda ciudadana (or whatever that means).

La cosquilla me duró varios días. Entonces pasó lo de Agnes. No sé si fue la necesidad de desahogarme o el impulso de querer que todos conocieran el caso, pero escribí con un frenesí que extrañaba. Como en los viejos tiempos. Así decidí darle un giro a este espacio -no sé de cuántos grados sea, pero giro al fin-. Procuraré, como antes, darme un tiempo de mis ocupaciones para tratar algún tema público de mi interés. Analizarlo, debatirlo, desmenuzarlo. ¿Para qué? Con la misma justificación con la que inicié este espacio:

La finalidad de la función fática no es principalmente informar, sino facilitar el contacto social para poder transmitir y optimizar posteriormente mensajes de mayor contenido.

En sí, no cambia mucho, salvo que los textos sobre un servidor (o mensajes al lector) irán con este bonito fondo ocre. También aprovecharé para compartir los otros artículos que publique u apariciones mediáticas que tenga, así como las de mis conocidos y amigos. Avisados quedan :)

P.


Crimen de odio

Hace unos minutos, la Procuraduría General de Justicia de Puebla presentó a los presuntos homicidas de Agnes Torres. No ahondaré en el circo mediático ni en la falta de ética de mostrar como culpables a quienes, dado que el proceso legal está abierto, deberían gozar de presunción de inocencia. Voy a los hechos (o a lo que la justicia local ha querido tratar como tales). La PGJ señala que su principal línea de investigación es el robo. Aunque no se descarta el crimen de odio, la Procuraduría considera que el asesinato brutal de Agnes es consecuencia de un hurto.

Bien, ¿qué ocurre después? No soy abogado -por tanto, estoy abierto a cualquier corrección-, pero después de darme un chapuzón por la ley local, éste sería el escenario: De hallarse culpables, los implicados serían juzgados bajo la figura de homicidio calificado, ya que hay premeditación, alevosía y ventaja. Por tal, se harían acreedores a una pena de 20 a 50 años de prisión, dependiendo las atenuantes (artículo 331 del Código de Defensa Social de Puebla).

Hay que señalar que los implicados en el asesinato de Agnes Torres no pueden ser juzgados bajo la figura de crimen de odio porque no existe en la legislación poblana. Entonces, ¿por qué es importante que la PGJ reconozca que la discriminación (y no el robo) fue el móvil principal del delito? Por dos razones esenciales: primero, por reconocimiento: que una autoridad admita el asesinato por homofobia es un triunfo para la comunidad LGBTTTI, quienes han luchado por tipificar este delito desde hace muchos, muchos años. Segundo, porque al quedar adscrito al Código Penal, es posible hacer más precisa la impartición de justicia.

Por ejemplo, el Distrito Federal sí cuenta con la figura de crimen de odio, el cual no sólo abarca a la homofobia, sino a la discriminación por condición social, nacionalidad, color de piel, edad, apariencia física o discapacidad. A estos delitos se les imputa una pena de 20 a 50 años. Por su parte, Puebla cuenta con una propuesta similar que, por diversas razones, no ha sido aprobada aún. Que la PGJ reconozca que la muerte de Agnes se debió a la discriminación y el odio prácticamente le daría un pase automático a la iniciativa para convertirse en ley.

Lo que más cala, quizá, es el desdén de la Procuraduría sobre considerarlo un crimen de odio. En su afán por apagar el fuego y minimizar el costo político, la PGJ montó un espectáculo de lapidación pública que dejará satisfechos a quienes sólo buscan un chivo expiatorio. Peor aún, se han dado el lujo de “informar” sobre un supuesto novio de Agnes, un menor de edad. Han lanzado la carnada a la opinión pública, que se encargará de juzgar sobre la moralidad de la activista y quién sabe que otros chismes de cafetería.

Empero, que no se pierda el punto central. El reconocimiento de la muerte de Agnes como crimen de odio tiene consecuencias de peso. Aún si el móvil inicial fue el robo, el salvajismo y la tortura apuntan a que la homofobia estuvo vinculada en su asesinato. Reconocer que este homicidio fue producto de la intolerancia, implica que el gobierno reconoce públicamente ese cáncer social. Significa ver más allá de la fachada, admitir que la discriminación (en este caso, de la identidad sexual) está presente en la cotidianidad. Significa decir en voz alta el secreto a voces.

Esta acción, por supuesto, tiene un costo político. La tipificación del crimen de odio debería venir acompañada de un debate profundo sobre políticas públicas contra la discriminación. Implicaría un empoderamiento -en el buen sentido de la palabra- de la comunidad LGBTTTI, con más capacidad que nunca para hacer ejercer sus derechos e impulsar su agenda. Significa, en términos penales, que los casos subsecuentes se mirarían con otros ojos, con otros matices y atenuantes. Sí, sí se declara como homicidio por odio, para términos prácticos será algo simbólico hoy, pero capitalizable el día de mañana.


Artículo 11

A partir de hoy, el artículo 11 de la Constitución Política del Estado de Puebla añadirá el término “preferencias sexuales”. Más allá del debate sobre si es correcto usar la palabra “preferencia” en detrimento de “orientación”, se trata de un avance. Uno que, por desgracia, llega demasiado tarde, a tapar el pozo. Tuvieron que alinearse las desgracias para lograr que el Congreso local aprobara la reforma. 

Leo quejas sobre la reacción coyuntural. Es claro que se conjuntaron varias circunstancias, no sólo a nivel local -con las declaraciones homofóbicas del legislador Héctor Alonso- sino también a nivel nacional con las palabras del infame Juan Pablo Castro, el eco del asesinato de la activista Agnes Torres y la visita del papa Benedicto (habría que añadir, con mucha menor proyección, la marcha lésbica en Guadalajara). No es raro que, tanto por el capital político rumbo a las elecciones como por un bálsamo para las heridas recientes, los políticos se espabilen como método de supervivencia. 

Sí, la aprobación de la reforma es una acción oportunista, pero también oportuna. Pocas veces como hoy, una sociedad como la poblana -y la mexicana, incluso- se encuentra en un punto de sensibilidad tal que es capaz de cuestionarse el estatus quo respecto a la diversidad sexual. Sí, hay polarización; pero en esta ocasión, la balanza parece decantarse más a la tolerancia que a la intransigencia -aunque sea por ganar votos-. Acciones como la aprobación de esta reforma dan fe que, por lo menos en el discurso, hay reconocimiento de las necesidades. No aprovechar la coyuntura sería un desperdicio.

El tema perderá vigencia. Tras el bombardeo constante, los medios (y la audiencia, en general) hallará otro de los tantos problemas del país para ponerlo en el ojo público. Sí, quedarán haciendo ruido los mismos -con suerte, unos pocos más- que enarbolan su lucha. Pero la tormenta, por recia que haya sido (y vaya que lo ha sido), deja un cambio palpable en la legislación. Uno con el que Puebla apenas se pone al corriente en una deuda larga, larguísima, con la equidad. Ya dirán los caprichosos vientos hacia donde soplará mañana la veleta social. Por hoy, lograr que nuestro flamante artículo -ese que garantiza el respeto a la diversidad sexual a nivel constitucional- no sea letra muerta, es tarea de cada uno.

 

 


Agnes

Conocí a Agnes en 2007. Una compañera presentó un reportaje sobre ella en clase de Documental. Durante 15 – 20 minutos, supe sobre su lucha, tanto personal como social. Su pelea contra los prejuicios, contra la sociedad, contra lo establecido. Su ideal de convertirse en mujer, a costa del rechazo de quienes no entienden ni quieren entender. Ella tenía sólo 23 años; yo, 21.

En los años siguientes, me la topé unas cuantas veces. En Cholula era un personaje muy reconocido. Algunas noches me la encontré en Bar Fly. Circulaban rumores sobre sus amoríos, sobre cómo seducía a hombres “sin revelarles su secreto”; sobre personas que, tras una noche de pasión, descubrían con horror “la verdad”. Las típicas historias de “un amigo de un amigo”. El cotilleo es lógico, sobre todo en una sociedad que ni siquiera comprende el libre ejercicio de la sexualidad heterosexual (¡y eso que hablamos de lo convencional!). ¿Qué podíamos esperar sobe una mujer transgénero, sobre la jarocha? ¿Desde qué posición podíamos juzgarla, tan cerrados en nuestros cánones y persignadas? Esas noches, (quizá sin saberlo, quizá con total conocimiento) Agnes era blanco de bromas y chismes por el simple hecho de ejercer su sexualidad. 

Más allá de los rumores, lo que se hablaba de Agnes era loable. Su labor a favor de los derechos de la comunidad LGBTTTI fue encomiable, desde todas las tribunas y con voz firme. Muchos la ubican cuando reclamó a Javier López Zavala, ex candidato del PRI al gobierno de Puebla, sobre sus comentarios homofóbicos y transfóbicos. En Puebla, destacó su omnipresencia en los actos a favor de la equidad y la tolerancia, en cada marcha, en cada foro. Agnes fue incombustible, una persona que luchó cada día porque la ley la reconociera como mujer a pesar de haber nacido hombre. Una lucha que ella interrumpe por su muerte, pero que no queda inconclusa.

Ayer por la noche, me enteré por la cuenta de Twitter de Ruth “Tuss” Fernández (@ituss79) que Agnes estaba desaparecida. Los que la conocíamos -sea personalmente o por su labor- hicimos eco. Conforme avanzaban las horas, el panorama se fue oscureciendo. Nos enteramos de un cuerpo abandonado en un barranco, torturado -con quemaduras en los brazos- y degollado. Un transexual. Nadie se atrevió a especular, a echar la sal, pero la sospecha era evidente. “Sí era Agnes. La mataron. Me acaban de decir.”, me escribió una amiga en la madrugada. En efecto, los familiares confirmaron su asesinato. Un homicidio cobarde, cruento, estremecedor. Una muerte que hoy nos recuerda que en Puebla, los fantasmas de la homofobia y la transfobia son más corpóreos que nunca.

La noticia hoy satura los diarios, las redes sociales, las conversaciones. En Puebla, ciudad distinguida por su conservadurismo, habrá una marcha de indignación para pedir el esclarecimiento del asesinato. Sí, en la Puebla donde los diputados le llaman “señoritas” a los homosexuales. Veo con tristeza como varios medios locales y nacionales retoman la nota, llamando a Agnes, “el activista transgénero”. No: Agnes fue mujer. Agnes luchó porque la ley y la sociedad reconocieran su identidad. Una protesta no nos la regresará; pero una reforma que permita el reconocimiento y el ejercicio pleno de los derechos de la comunidad LGBTTTI, una que condene los crímenes de odio y garantice el combate a la homofobia y la transfobia, la mantendrán viva por siempre. Incombustible.

Descansa en paz, Agnes.

 

 


Percance

Ayer tuve un percance en el Periférico. Manejaba rumbo a mi casa por el carril de alta velocidad. Iba a unos 90 – 100 kilómetros por hora -un paso que me parece muy respetable, considerando el límite-. De pronto, noté en el retrovisor las luces altas de un vehículo que venía detrás, a escasos metros del mío. Por la intermitencia frenética de sus destellos y la poca distancia entre ambos autos, asumí que tenía mucha prisa. Intenté cambiarme de carril, pero la afluencia vehicular no me lo permitió. Cuando hubo un poco de espacio, mi perseguidor decidió que era una buena idea rebasarme por la derecha.

Desafortunadamente, en lugar de avanzar por su nuevo carril, decidió cerrarme el paso. No sé si quiso asustarme o sólo retomar el carril de alta velocidad, pero el cálculo le falló. La ‘cola’ de su auto impactó con la parte derecha del mío. Mi reacción fue maniobrar para evitar la barrera de contención. El resultado: me arrancó la defensa delantera por completo. Al ser una vía de alta velocidad, es imposible detenerse, así que mantuve mi paso. Admito que también intenté alcanzarlo, siquiera para verle la matrícula, pero tras el impacto, el conductor huyó a una velocidad espeluznante, escabulléndose (irresponsablemente) entre el resto de los coches.

A los pocos segundos, escuché como mi defensa se desprendió del auto. Mi reacción inicial fue mirar a mi novia, quien venía en el asiento contiguo. En ese momento, no pensaba ni en la parte perdida, ni en los daños, ni en la impotencia por el escape, ni en nada. Sólo puse mi mano sobre su pierna en lo que mi mirada escudriñaba para ver, si de pura casualidad, me topaba con el responsable. Lo único que recuerdo es que traía un Corsa de un color pálido -podía ser azul o gris-, y que seguramente debe tener un golpe cerca de la rueda trasera izquierda.

Llegué al fraccionamiento y, antes de ver el golpe, le pedí al guardia de la entrada que lo valorara del 1 al 10. “Híjoles, como un siete, joven”, me dijo. Al bajar del auto, vi el daño. Entonces sí, me inundó la impotencia, la preocupación y todo lo demás. Justo ahora que el horno no está para bollos en mis finanzas, ocurre este percance. Pero estoy agradecido de que sólo es una pérdida económica -y de tiempo, porque hay que ir al Ministerio Público a reportar la placa perdida-. Ni modo: de los males, el menor.


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